martes, 13 de enero de 2015

CUATRO PASOS ATRÁS




“El contrapunto (del latín punctus contra punctum, «nota contra nota») es una técnica de composición musical que evalúa la relación existente entre dos o más voces independientes (polifonía) con la finalidad de obtener cierto equilibrio armónico. Casi la totalidad de la música compuesta en Occidente es resultado de algún proceso contrapuntístico. Esta práctica surgió en el siglo XV  alcanzando un alto grado de desarrollo en el Renacimiento y especialmente en la música del Barroco y se ha mantenido hasta nuestros días.”
Wikipedia.

¡Cuatro pasos atrás!  ¡Le dije cuatro pasos atrás! ¿Por qué no se quedará en la sombrilla? Siempre tengo que llevarlo pegado a mí, como una lapa. Todo el mundo pasea por la playa tan tranquilo. Todos hablan con quien les apetece y van a donde les da la gana. ¿Por qué yo no puedo? Siempre con este gordo baboso detrás vigilándome y mirándome de arriba abajo. Me exhibe como un trofeo, es como si me llevara atada con una correa, como un perrito. Eso soy para él. Su perrita. 

Mira como camina, tan derecha, un poco nerviosa. Se avergüenza de mí. Yo, que le doy todo lo que quiere, que no vivo más que para ella, y tengo que caminar rezagado, para que no la vean conmigo. Para que no sepan que va conmigo. Y así todos los días, hasta que acaben estas malditas vacaciones y podamos regresar al pueblo. No sé porque se empeña en venir. Bueno sí que lo sé, le encanta lucirse. Tiene que ponerse esos bikinis tan pequeños y pasearse para que la vea todo el mundo, para que la miren todos los hombres. Da igual, que se pasee cuanto quiera, esta no se escapa. No voy a consentir que ninguno se le acerque. 

Si pudiera irme un rato yo sola… ayer casi lo consigo, se quedó dormido en la tumbona. Pero por más despacio que me levanté, por más cuidado que puse, abrió esos ojos de sapo que tiene y me soltó un “¿a dónde vas?” que me dejó en el sitio. Si pudiera librarme de él… estoy segura que podría conseguir algo mejor. ¡Si es que me miran todos! Y esta playa está llena de gente de pasta. Menos mal que no me corté el pelo. Ya me lo dijo Svetlana; “Ni se te ocurra. No seas idiota, los españoles se mueren por las rubias, y cuanto más largo el pelo mejor. Y el bikini, bien pequeño, que esto no es Lituania. Usa tus armas”. Mis armas… ¡sí, pero cómo! Si pudiera librarme de este…

Mírala como mueve el culo, ¡condenada! ¿Es que me va a hacer que me recorra toda la playa?  Estoy ya cansado, no se da cuenta de que no tengo su edad. Son crueles los jóvenes. Ah, pero se venden tan fácil, y por tan poco… Bien, ahí está el chiringuito. Esto lo soluciono yo en un momento. 

─ ¿Un helado? Pues… bueno, podría tomarme un helado. Pequeño, de fresa─. Eso no puede engordar mucho. Justo me pondré al lado del señor del bañador azul. Qué buena pinta tiene… Alto, delgado, un poco canoso. No pasará de los cuarenta y cinco. A esa edad, mira, pues todavía. Pero, ¿y este, que va para los sesenta y seis? ¿Y esa tripa inmensa? ¿Y ese bañador, que parece las bragas de mi abuela? Y que sólo toquetea, que ya no está para nada. Un vicioso, eso es lo que es. Asco de hombre. 

─ ¿Un café? Vale, también un café. Pero con sacarina. 

Cómo se lo come, se relame, nunca he visto a nadie a quien le gusten tanto los helados. Cómo una chiquilla. Cómo lo que es. Una chiquilla, pero también una furcia, ya le está poniendo los puntos al tío alto de las gafas ¿es que no voy a poder descansar nunca? Si no tuviera ese cuerpo que tiene, esa melena rubia, esa piel, esas tetas… Ay. No puedo mirarla a los ojos sin derretirme, por más que ella mire para otro lado medio mosca. Hace conmigo lo que quiere.

Voy a tener que ir al baño, maldita próstata. Espero que no… pero no, no le va a dar tiempo. Y para mí que la de naranja es la mujer. No, no va a poder. 

¿Se va? ¿De verdad se va? Ojalá haya cola en los aseos, aunque los hombres son tan rápidos. La mitad no se lavan las manos, eso fijo. Tengo que intentarlo, ay, estoy tan nerviosa. Un pitillo no, suena a fulana, y además ahora casi nadie  fuma. La hora, eso es. La hora. 

─No son azules, no señor, son verdes. Por lo menos siempre han sido verdes, a no ser que me hayan cambiado ahora mismo─. Se ríe, que simpático─. Si, el mar, puede ser el reflejo del mar─. Ojalá que tarde, ay. ─No, no es mi padre. Es… un pariente. Lejano. Una copa. Pues sí, supongo que podría tomarme una copa. Pero tendría que ser ahora mismo, ¿conoce algún sitio cerca? Es que a mi tío ─sí, es mi tío─ no le gusta que beba. Tendríamos que irnos ahora, antes de que vuelva. No se enfada, no. Está acostumbrado. ¿Esta noche? No, esta noche, no, creo que no. Esta noche tengo que cuidar a mi tío. 

─Su mujer. La señora de la camiseta naranja. Ya. Claro, ya comprendo. 

Está visto que no hay manera. 

─Bueno, pues podemos quedar pero no le aseguro que venga. A las diez aquí mismo. Sí. Haré lo posible, ya lo creo que lo haré. No lo sabe usted bien. 

Ahí llega este. Ahí va, se ha puesto el bañador más subido, marcando paquete. Qué vergüenza. Resulta patético. 

Mírala  ya está tonteando ¡Joder, ni mear tranquilo puede uno ya!

 ─ ¿Cómo dice, señora? ¿Su marido? ¿Y a mí que me importa quién sea su marido? ¿Es que no se ha dado cuenta de que vengo acompañada? ¡Habrase visto!  Pues si sólo me ha pedido las servilletas, ¡hay que ver como se pone usted! Pues no se lo crea si no quiere, a mí, como comprenderá… ─ Dios mío, qué vergüenza, como me mira la mujer… Ay, Señor, ¿dónde se habrá metido este hombre?

Ahí va, se le ha encarado la de naranja. Se lo tiene bien merecido, por zorrona. Pero…  ¿que demonios le está diciendo? Pero ¿quién se creerá que es, la vieja bruja? 

–Señora, ¿que tiene usted que decirle a mi mujer, a ver?

Qué bueno que llegó… vaya cara se le ha puesto a la vieja cuando ha oído lo de su mujer… pues ¿qué se pensaba? ¿Por qué no iba a poder serlo? En cuanto me dé a mí la gana.  

- Sí, mi mujer, sí, a ver, ¿algún problema? Pues eso. Vamos nena.

─Sí, anda sí, vámonos. 

Mírala ella qué tiesa va, cogida de mi brazo. Si parece hasta contenta. Si pudiéramos ir siempre así. Como que se me está ocurriendo… como, ¿ya no?

─No, no, ahora ya no, ahora suéltame. Por la playa no. Dijimos cuatro pasos. Quedamos en que irías cuatro pasos atrás.

Es una posibilidad. Habrá que pensarlo. 

─Siempre cuatro pasos atrás.

Vera, 13 de octubre de 2014

OJOS COMO PIEDRAS NEGRAS





… y ella observó como la cara del hombre se alejaba, como si se disolviera en el agua, y sintió una tibia languidez. Apenas estaba consciente cuando...


Elena se estremeció de gusto y se acurrucó un poco más en el sofá lleno de cojines. Soltó el libro un momento para darle otro sorbo al té −no había nada mejor en una noche de invierno que un té calentito y una buena historia de miedo, frente a la chimenea− y a pesar de que la habitación estaba bastante caldeada se cubrió por completo con la pequeña manta de felpa, no dejando fuera más que la nariz. La nariz y la mano que sujetaba el libro. Fuera, en el jardín, se oía el viento silbando y agitando sin cesar las ramas de los árboles.

Sus pupilas claras se dilataron mientras volvía a la lectura; 


… el hombre se acercó y la miró fijamente.  A través de una niebla Helen  vio sus ojos, que eran como dos piedras negras, duras y frías… 


Elena se mordió las uñas. “Genial”, pensó. “!Da un repelús!  A ver cómo se las apaña Helen ahora. Aunque estas son todas medio tontas, seguro que se queda quietecita sin defenderse ni nada. Anda que como me tocara a mí… se iba a enterar”


La chica estiró las piernas, largas y enfundadas en unos leotardos de rayas, las puso sobre la mesa, y se desperezó, con un bostezo.  Miró el reloj sobre la repisa de la chimenea “Las once, ya. Manuel estará al caer”, pensó. Después se dedicó a fantasear  sobre cómo se defendería de su hipotético atacante, y se planteó si levantarse a por unas galletas. De canela, por ejemplo. Qué buenas.


De repente, en el silencio de la habitación,  oyó una especie de crujido, sonaba algo así como Crraaaaccckkk…


Elena se sobresaltó. Que tonta, si sólo era un tronco de la chimenea, que había crujido al partirse, medio carbonizado. Ahora el trozo que se había desprendido estaba a punto de caer fuera del hogar. Se levantó y lo empujó con el atizador, y, ya de camino, aprovechó para traerse las galletas de la cocina. Mordisqueándolas volvió a coger el libro de nuevo;


 … como dos piedras negras, duras y frías. Ella se sintió caer en un profundo pozo…


Ahora fueron unos golpes flojos. Ploff, ploff. Ploff.


Un silencio. Y de nuevo, otra vez; Ploff, ploff.


Sin duda eran las ramas del ciprés que se alzaba cerca de la ventana. Ese árbol tenía un no sé qué de siniestro, más de una vez había estado a punto de cortarlo. Al final no se había decidido, como nunca se decidía a hacer nada que supusiera ningún cambio en la casa, que tenía más de cien años. Lo entendía como una especie de traición.  Manuel a menudo se lo echaba en cara;  “Manuel, no cambies nada, no toques nada. Joder, si parece que soy un invitado en mi propia casa. Estaríamos mucho mejor en un piso en el centro, en vez de andar tirando de este caserón. Y nos darían una pasta por la parcela”. Sin embargo Elena nunca le hacía caso. Cierto que era una casona grande y destartalada, anticuada y difícil de mantener, pero era la casa de su infancia, y la adoraba. Soñaba con ver crecer a sus hijos en ella, cuando los tuvieran. Le encantaría  verlos corretear por el jardín, romántico y lleno de rincones, y  además, ¿qué mejor lugar para leer historias de miedo? 


Sin embargo al ciprés necesitaba un repaso, ese ruidito ya la estaba fastidiando. Se levantó y comprobó las fallebas de las ventanas. Estaban medio sueltas, también habría que arreglarlas. Mañana se lo comentaría a Manuel, que, por cierto, ¿dónde se había metido? Las noches eran para que un hombre estuviera en su casa, con su mujer. A saber qué historia se inventaría hoy. Elena frunció un poco el ceño y continuó; 


… se sintió caer en un profundo pozo…


Chhiiiirrririii….. 


¡Mierda! ¡Y ahora la maldita puerta, o ventana, o qué sé yo, chirriando!  ¿Pero es que no había manera de que pudiera leer tranquila?  Y también se oía algo más… como un susurro suave, como un ruido de arrastrar pies, o como si alguien anduviera descalzo… “Me estoy volviendo paranoica”, suspiró Elena, intentando tranquilizarse y mirando de refilón hacia la puerta. “Será el libro este, voy a acabar de los nervios, pero ¿qué será eso? ¿Una rata en el desván? ¿Otra vez?  Lo mismo sí, lo que nos faltaba, aunque las casas viejas crujen mucho, están llenas de ruidos”


Se acercó a la chimenea para avivar el fuego que se estaba consumiendo, pero no merecía la pena echar más leña, era ya muy tarde. Al coger el atizador lo contempló pensativamente.  Empujó las brasas y, sin soltarlo, volvió al sofá y lo colocó a su lado, al alcance de la mano. “Es una tontería, pero por si acaso”  


 …  en un profundo pozo, mientras oía un rumor suave, como unos pasos afelpados…


“¡Joder!” Ahora sí que es verdad que había oído algo, como un carraspeo. Elena agarró con fuerza el atizador y procuró calmarse, encogiéndose más entre los cojines. Ya estaba prácticamente enterrada en ellos y el corazón le latía desbocado, amenazando con salírsele del pecho. “Es pura sugestión” pensó. “Ay, Dios. ¿Cuándo coño va a venir Manuel?  Vamos, Manuel, ven. Más vale que me distraiga y piense en otra cosa, a ver Elena, venga, cálmate. Respira despacio. A ver que nos cuenta la amiga Helen” 


… un-rumor-suave-como-unos-pasos…


… un-rumor-suave-como…


… suave-como-unos-pasos-afelpados…


Elena lo sintió, sin verlo. Sintió su respiración, unos pasos detrás de su espalda. Notó la habitación repentinamente más fría, y un olor acre en el aire. Debía haber entrado por la ventana, a pesar de todo. Esas fallebas... No se atrevió a volver la cabeza, permaneció acurrucada completamente quieta y casi sin respirar, intentando sumergirse en la lectura de una manera absurda, escaparse en el libro mientras el corazón se le salía por la garganta, como si eso le fuera a permitir escapar de esa habitación vacía, en penumbra, con un fuego que apenas crepitaba en la chimenea. Escapar de esa habitación en la que el viento hacía golpear contra las ventanas las ramas de un ciprés que parecía recién sacado del cementerio. De esa habitación amplia, desolada, en la que alguien −un hombre− respiraba jadeante a unos pasos de su nuca.


Elena se sintió desfallecer y un sudor frío la invadió. Apenas estaba consciente cuando el hombre se acercó y la miró fijamente. Y, como a través de una niebla, ella vio sus ojos, que eran como dos piedras negras, duras y frías…

                                                                                       



Pilar Candau Chacón

Vera, 31 de enero de 2013



NOTA: Relato ganador del XII Concurso de Relatos de Invierno, convocado por el periódico El Ideal.