sábado, 13 de julio de 2013

EL VUELO






Alina tiene los pies pequeños. El muro es ancho, de unos treinta y cinco centímetros, de ladrillo, y está rematado con un cemento muy basto en su parte superior. Ella coloca los pies con cuidado –el cemento pincha- primero el izquierdo, después el derecho, y camina con lentitud, con los brazos abiertos. Nos quiere hacer creer que vuela, o quizás, que es un ángel.



Los demás la miramos fascinados, conteniendo la respiración. Nadie habla.



No es sólo la gracia delicada de sus movimientos lo que nos mantiene hipnotizados observándola. Alina tiene doce años y lleva caídos los calcetines verdes del uniforme. La falda escocesa a cuadros verdes y azules se le levanta un poco, movida por la brisa que corre allí arriba. A ella eso le fastidia, no quiere que se le vean las bragas.



Alina tiene ojos eslavos, achinados y azules en una limpia cara redonda de pómulos anchos. Su cabello es castaño, casi rubio. Es nuestra pequeña princesa polaca.



Yo nunca seré ni la mitad de bonita que ella.



Al fin, alcanza la chimenea de ventilación que sobresale del muro y se vuelve hacia nosotros triunfante. La aplaudimos aliviados. Ella saluda graciosamente sujetándose a la chimenea y comienza el viaje de regreso. Un corto recorrido de no más de ocho metros, pero a diez plantas de altura.



El siguiente es Javier.



Hace ya casi un mes que comenzamos este nuevo juego, que sólo conocemos los tres; Alina, Javier y yo, Inés. Se me ocurrió cuando demolieron la casa abandonada del solar de al lado, ¡con lo que nos gustaba! Nos encantaba trepar por los montones de escombros para alcanzar la planta de arriba, semiderruída, e investigar dentro de las habitaciones sin techo. Cada una de ellas tenía las paredes pintadas de un color distinto; rosa, azul, verde claro…  eso sí, el olor era el mismo en todas; asqueroso, a ratas muertas.



Era nuestro refugio secreto, donde nadie podía encontrarnos. A ningún adulto se le ocurriría entrar en un lugar así.



Pero un día llegamos y ya no había casa. La habían demolido y habían cercado el solar con una valla metálica, bien atada con alambres. En la valla había un cartel muy grande que ponía “PROHIBIDO EL PASO”, con letras rojas. Al lado había un dibujo de un bloque de pisos que me pareció horroroso.



Todo lo bueno se acaba.



Javier hace el recorrido un poco mas rápido que Alina, él no se ha quitado los zapatos. Por lo demás, tampoco tiene mayor interés en hacer ver que vuela. El sólo quiere impresionar a su amiga polaca, que le gusta más de lo que está dispuesto a admitir. Es un chaval espigado y larguirucho, con unos pantalones grises que le quedan un poco anchos, los debe haber heredado de su hermano. Se dirige a la chimenea a paso firme, con toda la inconsciencia de sus catorce años, y vuelve junto a nosotros.



Para subir al tejadillo donde le esperamos, que está como medio metro mas alto que la pared, apoya la rodilla en el borde. Una de las losetas del filo se desprende, y Javier nos mira con los ojos más abiertos del mundo, mientras pierde el equilibrio. En un instante congelado veo su cara muy pálida, su flequillo rubio, de nuevo sus ojos castaños, con las pupilas dilatadas. Estira su brazo derecho hacia mí. Me lanzo hacia delante y consigo darle la mano, y al momento está junto a nosotros.



No hablamos, apenas podemos respirar del susto. Permanecemos quietos unos minutos, allí sentados, muy juntos y bien separados del borde.   



Uno a uno descendemos con precaución, sujetándonos a la tubería del agua. El tejadillo donde se encuentra el depósito ha sido  nuestro lugar favorito de reunión hasta hoy. Llegamos al nivel de la azotea; el muro por el que hemos estado caminando es mucho más alto que nosotros, así que ya no podemos ver el parque ni los columpios allá abajo.



A lo largo de este mes hemos disfrutado espiando a los vecinos, sentados en esa plataforma, con las piernas colgando por la fachada. Nunca nos han visto. Hemos podido comprobar que la gente no mira hacia arriba jamás.



Pero ahora salimos de la azotea y volvemos al descansillo de la escalera, cerrando la puerta metálica a nuestras espaldas. Corremos con fuerza el pestillo, que chirría.





Nunca volveremos a subir.


2 de Octubre de 2011
Pilar Candau Chacón