domingo, 30 de junio de 2013

EL ÚLTIMO KALAMATIANO



No sé qué vamos a hacer con él.
Cuando esta mañana lo trajeron del bosque los chicos me dieron ganas de decirles que se lo volvieran a llevar y lo dejaran donde lo encontraron. Venía desmadejado y lacio en la carretilla del jardín, sucio y lleno de hojas. Es uno de esos asquerosos bichos que tanto daño nos han hecho.
Pero al mirarlo me dio lástima. Estaba casi muerto.
Así que llenamos la bañera, lo metimos dentro y le añadimos un buen puñado de sal. Le di agua salada a cucharaditas, aunque no era nada fácil, con ese pico tan raro que tienen.
No es que tenga buen aspecto pero se le ve un poco mejor que antes, aunque su caparazón no reluce con ese brillante color naranja que les caracteriza y al que deben su mote; “los cangrejos”. Está pajizo y resquebrajado.
Este tiene que ser el último de ellos. Debieron dejarlo tirado sus compañeros cuando pasaron por el pueblo hace unos días, camino de la nave que los llevará a su galaxia, dando con ello término a esta pesadilla que ha durado más de ocho años. Estaría agotado y no pudo seguir. Abandonan a los débiles. Ellos son así, despiadados hasta con su propia gente.
Raza de bichos malvados.
La última nave va a partir dentro de dos horas y el despegue lo retransmitirán por televisión a bombo y platillo. Es un acontecimiento histórico, y después, cuando se hayan ido, todos saldremos a la calle a bailar y a celebrarlo, y abriremos botellas de champán, como cuando se acaba una guerra.
El fin de la Era de los Kalamatianos.
Y aquí estoy yo, con un problema en la bañera. Oigo chapoteos. Voy a ver.
Lo encuentro medio incorporado, con los ojos abiertos y expresión de alarma. Está ansioso y no para de emitir sonidos guturales. Cualquiera lo entiende. Me figuro que estará agobiado porque ve que se van sin él. ¿Y qué quiere que haga yo? ¡No pretenderá que lo lleve a la nave!
Pues sí, lo pretende.
Saca de no sé donde una de esas pequeñas pistolas láser y me apunta. ¡Madre mía!, sabía que tenían que haberlo dejado en el bosque. Sin moverme mucho, por si acaso, llamo a los chicos y un instante después estamos los cuatro en el coche, zumbando por la carretera.
Piso a fondo el acelerador, no quiero ni pensar qué pasará si llegamos tarde. Ahora tengo un camión delante, ¡por favor!
Ya le pasé.
Cojo la salida del aeropuerto y aunque el semáforo está en rojo, da igual, me lo salto. A la entrada del recinto encontramos controles por todas partes, policías y guardas de seguridad, voluntarios de Protección Civil y también gente de alguna ONG, vestidos con camisetas amarillas. Todos, cuando nos ven con él, se apartan y nos dejan pasar. “¡Abran paso!” gritan, y se llaman unos a otros por unos pequeños micrófonos.
¡Uf! Menos mal que ya estamos aquí. Ahora la nave nos esperará, nadie quiere que se quede ningún “cangrejo” en tierra. No vaya a ser que les dé por volver a rescatarlo.
Hay periodistas por todas partes, nos rodean, somos noticia. Disparan sus cámaras e intentan hacernos preguntas. Yo no tengo ganas de historias pero mis hijos están encantados de salir en la tele. Varios policías  dispersan a los periodistas, mientras los del SAMUR ayudan al extraterrestre y se lo llevan en una ambulancia.
¡Gracias a Dios! Los chicos y yo suspiramos aliviados. Sonreímos. Aparco el coche y entramos al edificio principal, convertidos de repente en héroes.
El inmenso hall está lleno de gente con cara de felicidad. Nos rodean, nos abrazan, nos agobian, y por fin conseguimos escabullirnos a un rincón donde no nos conoce nadie. La “Guardia Negra”, la antigua policía humana a las órdenes de los kalamatianos, de repente ha desaparecido, ya no se les ve por ninguna parte.  Todos agitan banderillas de colores con el Lema “Adiós, ¡hasta nunca!” Nadie pierde de vista  la nave plateada, rodeada del personal del aeropuerto.
Desde las cristaleras del vestíbulo vemos como lo suben a la nave. Hay una explosión de luz, un rugido, y los últimos kalamatianos vuelven a las estrellas.
                                                       *****

Pilar Candau Chacón
Vera, 20 de Junio de 2011

LOS GRILLOS DE AGOSTO



El pequeño Xiu guardaba un grillo en una cajita de madera. La cajita era en realidad una pequeña jaula, hecha con palitos torneados, por entre los cuales podía entrar el aire sin dificultad. Así, el grillo podía respirar.

Xiu lo había encontrado debajo de la pila de lavar del patio y, después de perseguirlo durante mucho rato, había conseguido cazarlo. Todos los días, por las tardes, le llevaba minúsculos trocitos de tomate y de lechuga y mataba mosquitos para él. También le ponía un poco de agua en un tapón, aunque no sabía si los grillos bebían agua. Por si acaso.

Por las noches se llevaba el grillo a su habitación y lo escondía debajo de la cama. La existencia del animal era un secreto. Nadie debía saberlo. El niño no tenía muy claro que a sus padres les gustaran los grillos.  

El pequeño Xiu nunca había tenido una mascota. Ahora ya tenía una.

Y sin embargo…  Había un problema. El grillo estaba triste. No quería cantar. Daba igual que el niño le llevara trocitos de tomate, o moscas, o que lo empujara con un palito. No importaba si hablaba con él mucho rato o si le contaba historias. El grillo no quería y no quería. Y no había que darle más vueltas.

Y por eso él estaba triste también.

Llegó el verano, y Xiu puso la cajita en el alfeizar de su ventana. Ya no le importaba  que la vieran.  Pensaba que al oír a los otros grillos el suyo se pondría a cantar también, pero no fue así.

Una calurosa noche de agosto el niño no podía dormir del calor. Se levantó y miró al animalito, acurrucado al fondo de la pequeña jaula. Y sin cantar. Cogió la jaula, se fue descalzo al patio, y allí la abrió.

Xiu se acostó y dejó la caja ya vacía en el suelo, junto a su cama. Se durmió en seguida. En sus sueños los grillos atronaban.

Desde entonces cada vez que Xiu veía la pequeña jaula de madera oía el canto de los grillos de agosto.



HAIKUS

Una luna redonda
El saltamontes brinca;
Demasiado lejos.

El agua nueva
Hoy las plantas crepitan;
Es primavera.

Lengua de agua
Blanca barba en la orilla
Llena de algas.

De la luna menguante
Cuelga una estrella, como un pendiente
De brillantes.





Pilar Candau Chacón
Vera, 11 de Junio de 2013



jueves, 13 de junio de 2013

MADAME PAQUITA




Madame Paquita era gorda, bigotuda y un poco astrosa. En honor a la verdad, no muy limpia.

Pero tenía un corazón de mantequilla.

Madame Paquita era la “madame” de una de las casas de citas más antiguas de Sevilla, que no de las mejores. “Más de cien años tiene” proclamaba orgullosa a quien quisiera oírla. Y el piso suelto y las manchas de humedad del zócalo le daban la razón.

Su antecesora en el cargo se llamaba la “Señá” Lola, pero a Paquita eso de “Señá” le sonaba poco fino. “A mí llamadme madame, como a las francesas”, les decía a sus pupilas, y lo pronunciaba así, acabado en “e”, porque conocía la palabra de haberla leído en una fotonovela. Y es que Paquita, de francés, ni flores.

La mujer nació y se había criado en el burdel. Cuando tenía quince años era presumida, como todas las mujeres a esa edad. Entonces no estaba gorda y el bigotillo se lo depilaba con cera virgen, y bien que le dolía. Incluso se restregaba con agua y jabón de vez en cuando.

Por aquella época había un cliente taciturno que la miraba mucho, con ojos tristes. Un día le preguntó a la Señá Lola si la niña se había estrenado ya.

La estamos reservando ─le respondió la doña muy estirada–. Este bomboncito no se lo va a merendar cualquier pelagatos.

Entonces el cliente, que era ferretero, dijo que se quería casar con ella.

En la casa se lió una pequeña revolución. Todas las mujeres opinaban, y algunas lloraban. Sus caras pintarrajeadas llenas de churretes eran penosas de ver.

A Paquita nadie le preguntó su opinión. Después de todo no era más que una chiquilla. Ni siquiera ella misma se lo planteó. Que tocaba casarse, pues se casaba, a qué darle tantas vueltas. Mejor un hombre solo que no trescientos. Y a disfrutar comprándose un traje blanco de raso sintético, todo puntillas y perifollos.

Pero bien blanco, qué color crema ni qué narices─, le decía la Señá Lola al dependiente.

Por algo era la única que lo podía llevar de pura ley.

El ferretero se llamaba Luis, y le llevaba treinta años.

Cuando llevaba tres meses casada la niña apareció por el burdel llorando.

Que yo me quedo aquí decía. Que yo no me vuelvo.

¿Es que te ha pegado? Le preguntaban las demás, dispuestas a ir a sacarle los ojos al mal nacido ese.

Que no, que no.

¿Te da dinero?

Algo me da, sí.

¿Y qué más quieres, entonces?

¡Es que me aburro! Estalló la chiquilla desesperada─. Todo el día sola, fregando y cocinando, y encima me ha dejado preñada.

Acabáramos.

No hubo manera de convencerla para que volviera con su marido. El ferretero, que era un hombre pacífico y no quería líos, se conformó, aunque cada vez se le veía más triste. Y Paquita, que tenía buen corazón, una vez por semana lo invitaba a chocolate con churros. Así que todos los sábados aparecía el hombre recién afeitado y con camisa limpia, a merendar en el burdel con su mujer y su hija. Y siguió yendo durante toda su vida.

Cuando la Señá Lola estaba ya muy mayor, decidió que quería retirarse, y que la nueva Señá iba a ser Paquita. Las otras mujeres protestaron:

¡Pero si es de las más jóvenes! Aún no cumplió los treinta y cinco.

Pero la Señá Lola las mandó callar con un ademán.

Me da igual replicó. Es la única que tiene vocación. Llevará bien el negocio.

Y así fue como Paquita se convirtió en Madame Paquita.  

Poco después dejó de depilarse el bigotillo. Ya estaba harta.


 Vera, 24 de Abril de 2009