domingo, 15 de abril de 2018

CALEIDOSCOPIO




Tenemos un problema grandísimo en mi pueblo con la biblioteca nueva. Es muy chula, las paredes son de cristales de colores, de arriba a abajo. Cuando se inauguró fuimos toda la clase del instituto a verla, y al entrar nos pareció un poco rara, pero al rato nos acostumbramos y ya sí que nos pareció bien. El interior es como un gran caleidoscopio, y los colores de las paredes ─rojos, verdes, violetas, amarillos─ se mueven por todas partes conforme cambia la luz de fuera.

Pero allí ocurren cosas que no son normales.  

El primero en darse cuenta fue Manuel, el guarda nocturno.  Hace poco más de un mes cogió un libro para que no se le hiciera la noche tan larga y se la tiró hecho un lío, sin ser capaz de aclararse con el argumento. El hombre no es muy leído, así que a la mañana siguiente fue a consultar con Elisa, la bibliotecaria. Al final, después de mucho discutir y de mucho investigar, entre los dos descubrieron cuál era el problema; por lo visto los libros se han vuelto locos y nunca sucede lo que tú esperabas. Según donde te sientes, el libro tiene otro final, incluso puede cambiar por completo. Tienes que tener muchísimo cuidado con eso porque los personajes se te revuelven y, claro, es un follón.

 Pero a mis amigos y a mí nos encanta; el otro día en clase de Lengua lo pasamos genial. Andrés, el profe, nos mandó que leyéramos “Ana Karenina” y después teníamos que hacer un resumen para comentarlo en clase. Es muy enrollado Andrés. Bueno, pues de los veintidós que estamos en Primero, sólo a los más empollones se les suicidó la protagonista, tirándose a las vías del tren, como está mandado. Y es que los muy sosos se llevaron el libro a casa, y claro, allí la luz no tenía gracia. ¡A quien se le ocurre!

En cambio a Carlota, a Marisa y a mí, como estábamos juntas en el mismo rincón amarillo, se nos escaparon los personajes ─el príncipe Vronsky, el Conde Karenin y la propia Ana─ al Mar del Norte en un trineo, cubiertos hasta las cejas con mantas de pieles.  Iban dispuestos a emigrar a América, los tres juntitos. Y tan contentos. Lástima que al final se subieron al Titanic.

Cuando se lo leímos al profesor, puso una cara rarísima.

Después les tocaba a Darío y a Miguel, y su resumen no se parecía en nada al libro, pero tampoco al nuestro. Como ellos se habían sentado debajo del ventanal rojo, mandaron al conde y al príncipe a luchar a las Guerras Napoleónicas ─la pobre Ana de cantinera en el frente, madre mía, con lo fina que ella era─. El conde se murió oportunamente de un cañonazo y Ana y Vronsky se cambiaron de bando y acabaron en Cádiz, con los Cien mil Hijos de San Luis. Allí montaron una taberna en el puerto, ya que Ana tenía el oficio aprendido. En ese momento a Andrés le dio un ataque de tos que no podía parar, el pobre. Lo de la taberna creo yo que no le sentó bien.
A continuación iba Sarita. La muy cursi consiguió casarlos, que para eso se tiró toda la tarde pegadita a la ventana rosa, pero para mí que esa fue la peor historia de todas. En su versión el Conde le dio el divorcio a Ana y él se quedó en su casa, tan tranquilo. Luego ella y Vronsky se fueron al Mar Negro, allí se casaron y tuvieron ocho niños, cuatro pares de gemelos. El príncipe Vronsky no pudo recuperarse de la impresión y se tiró al alcohol y a las cabareteras. Tuvo tres amantes ─por turnos, no todas a la vez─, cosa que desde luego está fatal, pero que en sus circunstancias se puede comprender. Al final la abandonó y la pobre Ana se vio sola con tanto gemelo y acabó suicidándose lo mismo, tirándose a las vías del tren, pero, eso sí, cuarentona y sin ningún glamur. Se ve que la mujer tenía fijación con los trenes.

Sin embargo la historia de Lorenzo estuvo genial. Lorenzo es mi novio y está que te mueres de bueno, pero nunca se sienta a leer conmigo. Siempre se va a la otra punta de la biblioteca. Dice que no paro de hablar con mis amigas ─cosa que es mentira total─ y que le distraigo. Bueno, pues a él se le colaron por la cara el príncipe Bolkonski y Natacha, que son de “Guerra y Paz”. Al final resultó que eran todos medio primos. Los dos príncipes se aliaron con el espionaje británico y alquilaron un garaje en Moscú, y allí fabricaron una máquina del tiempo. Después convencieron a Karenin con aviesas artimañas para que se subiera y lo mandaron a la Edad de Bronce. Lo de “aviesas” no lo había oído yo nunca, pero esa palabra ponía en el libro: “aviesas”. Está muy chula, aunque no tengo ni idea de lo que significa. Luego los cuatro “protas”, que ya eran íntimos ─los príncipes, la condesa Ana y Natacha, que no me acuerdo lo que era, pero que también era noble─ viajaron a finales del siglo XX y se apuntaron a una ONG. Ahora están los cuatro en Grecia sacando sirios del agua.  

Después de eso tuvimos un debate de lo más interesante. Lorenzo, que además de estar macizo es un fiera de los libros, nos explicó que “Guerra y Paz” lo escribió el mismo tío que escribió “Ana Karenina”. Era un conde ruso que se llamaba Tolstoi. Por eso los personajes se llevaban tan bien. La conclusión que sacamos ─en ese momento todo el mundo tenía ideas y hablaba a la vez, menos el profe, que no decía ni mu─ era que en Rusia, en esa época, casi todo el mundo era conde o príncipe, y el que no lo era se sentía fatal y era muy posible que le diera por suicidarse.

En ese momento nos dimos cuenta de que el pobre Andrés no paraba de sudar y estaba rarísimo. Pero raro, raro. Y él es un tío de lo más normal. No hacía más que suspirar y mirar la hora. Y limpiarse el sudor de la frente y de las gafas.

Para terminar os diré que, además de todo lo anterior, también tuvimos cuatro viajes a la India  y uno al Tíbet, tres asesinatos, dos secuestros, una trama de blanqueo de dinero y dos de sociedades secretas. Y yo que sé cuántas cosas más. Incluso un viaje a Marte en el Sputnik.

Fue muy divertido, aunque el profe no nos miró en toda la clase y al final se le notaba agobiado a tope. No hacía más que decir, que bueno, que muy bien, pero que ya era la hora del recreo y que fuéramos acabando y saliendo sin empujar. Y eso que todavía faltaba casi un cuarto de hora. Lo nunca visto.

Se ha corrido la voz, y ahora todo el mundo en el pueblo se trae sus libros, cuadernos, periódicos…a la biblioteca, para ver qué pasa. Hasta la cartilla del banco, a ver si se les mejora el saldo. Algunos chavales del colegio han conseguido borrar algún suspenso del boletín, aunque la mayoría no salta ni con rayos Laser.

El ministro de Educación está muy enfadado y dice que nos estamos cargando la cultura, que eso no está bien, y que así nunca vamos a aprobar el informe Pisa ese. Que los libros son como son y que no se pueden cambiar. Ha encargado a un contratista, primo suyo, que desmonte los cristales de colores y los ponga todos blancos, pero en el pueblo no estamos de acuerdo. Hemos hecho un escrito y estamos recogiendo firmas, ya llevamos 8.437. Hay que llegar hasta 500.000, dicen. Bueno, ya faltan menos.

También lo hemos colgado en Facebook y en Twiter, y tenemos 124.358 “me gusta” y 2 “no me gusta”, que creemos que son del ministro y de su primo. Pero por lo visto los “me gusta” no valen, hay que firmar en un papel y poner el DNI debajo, y luego llevarlo al Congreso.

En el escrito les decimos a los del Congreso que no queremos que nos cambien nuestra biblioteca, que mejor que el ministro se entretenga con otra cosa.

Que a nosotros nos gusta como está.

*****

13 de febrero de 2016

 NOTA: Este relato tuvo el 1 premio en la categoría "Construcción" del VIII Concurso de relatos "Patricia Sánchez Cuevas", patrocinado por el grupo Sika, y con presidenta del jurado Almudena Grandes. 


viernes, 6 de abril de 2018

VOLANDO ENTRE METEORITOS


  
A mitad del sueño, Sergio se despertó, sobresaltado. Como cada noche, notó como la cama comenzaba a temblar. “Ya estamos otra vez”, pensó, “esto no puede acabar bien”. Suspiró con resignación, apartó el edredón y se agarró a los barrotes de bronce de los pies de la cama, sin demorarse mucho, antes de que la cosa cogiera velocidad. Se sentó sobre los talones, pendiente de los movimientos del somier, y en un momento dado bajó la cabeza para no oponer resistencia al aire. Se agarró fuerte, no tenía ningunas ganas de caerse en la primera curva. El vehículo siguió volando cada vez más rápido, guiado con habilidad en rápidos virajes, mientras a su derecha y a su izquierda meteoritos resplandecientes cruzaban el espacio negro como la tinta y la alfombra se deslizaba rumbo a las estrellas.

Volar era una gozada. Sergio tiraba de uno y otro remo de la barca para controlar la dirección y evitar los meteoritos, ahora convertidos en gigantescas pelotas de golf. Medusas gigantes de color azul se cruzaron con él y el muchacho pensó: “Esto no tendría ninguna lógica si no fuera porque vuelo por el fondo del mar”. En el fondo todo tenía su sentido, razonó.

Un enorme cofre vomitó un montón de monedas de oro que se le quedaron pegadas al pecho, y de repente se encontró casi encima de una enorme ancla herrumbrosa, que estaba detrás del cofre y que consiguió evitar por los pelos. Siguió buceando entre corales multicolores y notó como arrastraba una enorme y majestuosa capa de algas; sin embargo, por alguna razón, no debía disfrutar del viaje. Sergio no recordaba el motivo, pero notó como su cuerpo se ponía cada vez más en tensión. Había algo… entonces vio la pequeña luz negra detrás de un enorme camión y supo lo que se avecinaba. Al fondo vislumbró el agujero del túnel que cada noche parecía encogerse un poco más. Consiguió sortear los percheros de la entrada, atestados de abrigos, e introducir el vehículo en el largo pasillo. Se agazapó al entrar en el gigantesco embudo de piedra y todos sus músculos se pusieron alerta preparándose para el golpe. Justo al fondo del túnel se levantaba una inmensa pared de roca con un pequeño hueco en el centro, demasiado pequeño, y Sergio dirigió el bólido hacia allí, preparándose para la colisión que todas las noches tenía lugar. Cada vez estaba más cerca, cada vez más, y, aunque Sergio intentó refrenar el tren todo lo que pudo, en unos instantes numerosos pedruscos saltaron por los aires y el chico se acurrucó contra el suelo soltando el volante, ya no importaba nada, ni la dirección ni nada, a él solo le importaba atravesar el estrecho agujero de la montaña sin golpearse demasiado.

Todas las noches Sergio rompía las rocas del final de la cueva y era parido al otro lado de un brusco golpe, a la realidad del día que empezaba, de la mesilla de noche con su vaso de agua, sus pastillas y su despertador rojo que nunca necesitaba poner. A las zapatillas a los pies de la cama y, al fondo, la puerta del cuarto de baño abierta, invitándole a ducharse.

Todos los días Sergio se despertaba sobresaltado y lanzaba un inmenso suspiro de alivio al mirar a su alrededor. Se bajaba de un salto de la cama de barrotes de bronce, con su edredón de cuadros y su aire inofensivo, y se metía en la ducha sin volver la vista.

Pero Sergio se levantaba con el cuerpo lleno de arañazos. Tenía muy claro que algún día, un día que esperaba que estuviera aún muy lejano, no conseguiría salir y quedaría atrapado en la inmensa vagina de piedra por siempre jamás.




jueves, 11 de enero de 2018

LA TRAGEDIA DEL SEÑOR PÉREZ


El señor Pérez estaba sentado en su cubículo, dentro de la inmensa oficina, cuando comenzó todo. No se sabe la razón de por qué este caballero, que siempre había sido un empleado modelo donde los haya, tomó esa decisión. El señor Pérez llegaba todos los días exactamente tres minutos antes de la hora, es decir, a las 7.57, al trabajo. Tres minutos eran lo que él necesitaba para quitarse el gabán, colgar el paraguas y encender el ordenador. A partir de ese momento trabajaba sin parar hasta la hora de comer. 

Descansaba todos los días exactamente desde las 14,00 hasta las 15,00, momento en que volvía a trabajar hasta las 18,00. A esa hora apagaba el ordenador, cogía gabán y paraguas y salía de la oficina rumbo a su casa.

El trabajo que desempeñaba el señor Pérez en la oficina nunca estuvo muy claro, y en todo caso no era lo importante; algo relacionado con la web de la empresa, que había que mejorar; en lo que sí estaba todo el mundo de acuerdo era en que este caballero era un empleado modelo, que jamás se permitió escaquearse ni un minuto de su tarea. Jamás se le escuchó un cotilleo delante de la máquina de café; jamás se entretuvo mirándole las piernas (o el trasero) a la señorita Patricia, la secretaria del jefe. Y eso que la señorita Patricia estaba de muy buen ver. Jamás se fumó un pitillo durante el horario laboral. De hecho no fumó ni un solo cigarrillo en toda su vida.

Por eso, cuando ocurrió lo que ocurrió, que en realidad fue un suceso sin la menor importancia, resultó traumático para todos en la oficina. Años después aún seguían los comentarios y las miradas de reojo entre conmiseración y lástima, con un poquito de guasa. El mismo no dio crédito a lo que había hecho, y, acongojado, con la mirada perdida, fue a buscar al jefe para presentarle su dimisión. Dimisión que no fue aceptada, por supuesto. El jefe le dio dos palmetazos en la espalda,  le dijo “¡No se preocupe, hombre!” y le mandó de vuelta a su cubículo. La verdad es que el jefe se quedó con ganas de felicitarle, pero no le pareció adecuado para la disciplina de la empresa.

Los hechos fueron los siguientes; En la mañana del 18 de diciembre, a las 9,15, el señor Pérez miró por el rabillo del ojo en una y otra dirección, comprobó que no le estaba viendo nadie, se desconectó de la web de la empresa y se metió en Amazon.

El señor Pérez nunca había entrado en Amazon. Ni en Amazon ni en prácticamente ningún sitio, en realidad, porque este señor tenía un horario estricto que regía todos los actos de su vida, y dentro de ese horario no quedaba hueco para frivolidades. Así que, sintiendo una fuerte descarga de adrenalina al ejecutar ese acto doblemente prohibido, se creó una cuenta y entró dentro de la web. Al momento se sintió abrumado por la cantidad de productos a su disposición, y, no se sabe si por una pulsión de su subconsciente, si a propósito o por descuido, pulsó el icono “Moda” y “Mujer”. Ya metidos en faena pulsó “Ropa Interior”.

El señor Pérez era pequeño y delgado y casi siempre vestía de gris, excepto los domingos y fiestas de guardar, que se sentía frívolo y vestía de beige. Tenía una nariz puntiaguda y unas gafas redondas con tendencia a resbalarse hacia la punta. No era una mala persona, cuando conseguía olvidarse por un segundo de sus horarios y manías se podría decir que era casi una buena persona. Pero no era un hombre muy divertido. Así que no era de extrañar que a sus cuarenta y dos años siguiera soltero, viviendo con su anciana madre en el 6º B de la Calle de Los Paños.

 Delante de la pantalla nuestro caballero contempló el menú desplegable y volvió a marcar “Sujetadores”. Completamente hipnotizado ─a estas alturas ya había pedido completamente los papeles─, hizo desfilar los distintos modelos delante de él ─“con aro/sin aro/ push up/ sin tirantes”…etc─, hasta que eligió un enorme sujetador rojo, de encaje, y lo amplió ocupando toda la pantalla.

Y pensó en Rosita.

Rosita era la vecina del 5º A, hija del cartero del barrio y su señora. Tenía exactamente 22 años, 4 meses y 3 días, como el señor Perez sabía muy bien, ya que se había encontrado con ella en la escalera el día de su cumpleaños. Ella llevaba  una enorme tarta, con dos velitas con forma de número dos. Rosita era graciosa, charlatana, bonita de cara. No era muy alta pero tenía dos enormes pechos, que resaltaban en su cuerpo más bien delgado. A Rosita le encantaba contarle su vida a todo el mundo, y dentro de ese mundo estaba, para su desdicha, su vecino del 6º B. A veces coincidían en el estrecho espacio del ascensor y al señor Pérez verse tan cerca de esas dos maravillas de la naturaleza le producía palpitaciones. Cuando al fin llegaba a su casa estaba demudado y apenas podía hablar. Entonces su madre le regañaba y le decía que tenía mala cara y que eso le pasaba por cabezota, por irse a la calle sin bufanda. Que ya se lo había dicho ella esa mañana. Que se metiera en la camilla a calentarse, que ya le iba ella a traer un plato de sopa.


Claro está que él estaba enamorado de Rosita. A su edad se encontraba por primera vez en esa situación tan desconcertante y dolorosa. Que lo era y mucho. Y no sólo porque Rosita tuviera un cuerpo encantador, que le provocaba sudores al recordarlo. Es que además era simpática y habladora, y tenía una bonita sonrisa que prodigaba con facilidad. Y él no estaba muy acostumbrado a que las chicas guapas le contaran su vida en el ascensor.  Ni en ninguna otra parte. Y menos aún una chica guapa que además tenía esa dos... esas dos… El señor Pérez suspiró audiblemente.

Es posible que fuera ese suspiro el que desencadenó la catástrofe. Hasta ese momento la cosa aún se podría haber salvado. El señor Pérez podría haber cerrado la web, haber vuelto a su plataforma habitual y nadie se habría enterado. A veces las piedrecitas más pequeñas desencadenan los mayores desastres.

Al oír el suspiro su compañero de cubículo ─trabajaban espalda contra espalda─ se volvió y exclamó “¡Caray!” y soltó una carcajada.

Años después el pobre inquilino del 6º B de la calle de Los Paños aún tenía pesadillas con esa carcajada. Las pesadillas comenzaban con un “¡Caray!” seguido de una carcajada y luego se poblaban de infinitos sujetadores rojos del tamaño de montañas gemelas que se abalanzaban sobre él y amenazaban con devorarle, como plantas carnívoras. Después aparecía su madre con un paraguas también rojo y se liaba a bastonazos con las plantas mientras le gritaba “¡Te lo dije!”, “¡Te lo dije!” Al final se despertaba envuelto en sudores bajo la preocupada mirada de su madre, que le decía que esa misma semana lo iba a llevar al médico.

Lo que ocurrió después marcó un hito en la historia de la empresa. A partir de entonces, cada vez que alguien en la oficina quería ubicar un acontecimiento decía “Si hombre, eso fue un año después de lo de Pérez, ¿te acuerdas? “ A lo que su interlocutor respondía “¡Como no me voy a acordar!” y se reían juntos, mirandole a él de reojo, para su mayor tormento.

Dos segundos después del “¡Caray!”  El señor Pérez estaba rodeado de un coro de compañeros que lo contemplaban estupefactos. El mismo, con manos temblorosas, intentaba por todos los medios cerrar la página, pero sus mismos nervios hacían que no atinara. Un momento después apareció el jefe. Al ver el enorme sujetador en la pantalla exclamó “¡Caramba, Pérez, quien lo iba a imaginar!” Y, para mayor tormento del pobre Pérez, soltó otra carcajada.

Años después, cuando el jefe se aburre en su cubículo de jefe, ya cansado de contemplar el magnífico trasero de Patricia ─“Que buena idea tuve al contratar a esta chica. Si aprendiera un poco de ortografía…”─ dirige la mirada al cubículo de Pérez. Se retuerce la punta de su bigote y disimula una sonrisa.


Vera, 12 de diciembre de 2017

martes, 12 de diciembre de 2017

LA ROPA DE INVIERNO



Esta tarde me tocaba escribir una columna, así que me he puesto a sacar la ropa de invierno.  No sé qué me pasa que cada vez que tengo que escribir algo me entran unas ganas grandísimas de hacer tareas domésticas. Eso es tan sorprendente en mí, que pienso que debe haber algún mecanismo subconsciente que lo motive, porque, la verdad verdadera, no hay nada que aborrezca mas en este mundo que liarme con las tareas domésticas. Vaya, que no soy lo que se dice la Reina del Hogar. Más bien una prima tercera, de la rama pobre. Y sin embargo esta tarde he cargado con la escalerilla hasta la planta de arriba, me he encaramado cual trapecista y me he liado a sacar bolsas de plástico llenas de ropa, arrugada, mayormente. He sacado la mía y la de M., -por ahora M. seguirá siendo M. porque está empeñado en vivir en el anonimato. Creo que piensa que así tiene una vida más emocionante. En fin… - y me he liado a apilarla en montones sobre la cama. Entonces he descubierto varias cosas;

Cosa 1.- Que mi montón es tres veces más grande que el de M.

Cosa 2.- Que el montón de M. incluye cosas que pocos mendigos estarían dispuestos a ponerse. Cuando por casualidad aparece algo que el mendigo en cuestión sí que estaría dispuesto a ponerse, entonces es J. el que no se la pone jamás de los jamases. La guarda en una esquina del armario, por si le invitan a una boda o algo, y puede por fin estrenar ese jersey que le gusta.

Lástima que a las bodas haya que ir de traje.

El problema se soluciona esperando que el jersey alcance el grado de vejez y antigüedad suficiente, hasta convertirse en apto para su uso. Así que verdaderamente no hay que preocuparse, porque un problema que tiene solución no es un auténtico problema.

Cosa 3.- Que mi montón incluye ropa que todas las mendigas se darían tortas por ponerse, mayormente de marca. No sólo las mendigas, muchas de mis vecinas y amigas estarían encantadas de ponerse la ropa que ocupa gran parte de mi montón, si tuvieran una talla 40 y pudieran embutirse dentro. El problema de mis amigas y vecinas es que no tienen una talla 40, y las mendigas tampoco (creo; la verdad es que no conozco muchas). Y mi problema es que yo tampoco la tengo. De hecho tengo una 42 larguilla (que es como decir que si no respiro tengo la 42 y si respiro la 44). Pero es que la ropa de mi montón de la talla 40 es tan absolutamente bonita, y cara, que no me decido a darla a alguna asociación benéfica, de esas que las vende a mujeres que sí que tienen la talla 40. A las que odio profundamente. La guardo para cuando adelgace, que va a ser ya, pero ya mismo.

El caso es que rebuscando, han aparecido algunas prendas de la talla 42, e incluso de la 44 (aunque el 44 viene escrito muy pequeño, creo que para que se note menos). Esas las he separado en un montón aparte y he comprobado que quepo dentro. Eso me ha animado bastante, aunque he podido sacar varias conclusiones;

Conclusión 1.- El montón de la ropa de talla 40 es grande, e incluye, como ya he dicho, ropa bonita y cara, aunque un pelín pasada de moda. Pero como es buena se le perdona.

Conclusión 2.- El montón de la talla 42/44 es mucho más pequeño e incluye ropa a la moda, pero más barata y de peor calidad. Vaya, que empecé en Adolfo Domínguez y he acabado en Zara.

Conclusión 3.- Mierda de Crisis.

Llegado a este punto estaba absolutamente desanimada, así que he dejado las pilas de ropa encima de la cama, tal cual, y he decidido darme un descanso.  Para recobrar la moral. He bajado al salón, he encendido la tele, que eso anima mucho, y me he liquidado dos Alhambra Especial bien frías, tirando a heladas, con sus correspondientes patatas fritas y aceitunas. Y es que en mi casa solo hay hombres (y yo, claro), están mis dos chicos y R. , así que la ropa no es una cosa que preocupe mucho, en cambio la temperatura de la cerveza es un asunto de estado, que merece largas y profundas reflexiones.

Además me he leído dos capítulos de la novela que llevo ahora para delante, que está genial, y he alcanzado un estado de felicidad semejante al Nirvana, más allá de las preocupaciones frívolas de este mundo.

Lástima que la felicidad sólo dure lo que duran dos cervezas.

Lástima que enfrente de mi sofá esté la chimenea.

Lástima que en la repisa de la chimenea haya un reloj. Que funciona. Y que me mira, insistentemente, y de la manera más desagradable. Así que he tenido que salir zumbando escaleras arriba porque ya eran ¡las ocho!

De nuevo en el dormitorio he sacado la ropa de verano a toda velocidad de los cajones y la he metido en bolsas de plástico. Las mismas en las que estaba la de invierno. La he lanzado al altillo con un elegante juego de muñeca, haciendo canasta, por algo el altillo es mucho más ancho que las canastas normales. Siempre se acierta. Luego he cogido la ropa que había sobre la cama y la he embutido dentro de los cajones, procurando que no se arrugue mucho, sobre todo la mía. Total, a M. le da exactamente lo mismo. Si no la arrugo yo ahora la va a arrugar él mañana, así que mejor le ahorro el trabajo.

Y luego he bajado y me he puesto a escribir mi columna.

Como debe ser.

Aunque la verdad verdadera es que ahora mismo me voy a ir a ver qué hago de cena.





lunes, 20 de marzo de 2017

SOLO UN GATO



Sin duda él me eligió a mí, yo sólo me rendí. Cuando al fin le presté atención seguro que llevaba ya tiempo observándome. Alguna vez lo había visto deslizándose sigilosamente por el césped e intentando atrapar algún gorrión, que se burlaba de él desde lo alto de la pérgola. Pues bueno, y qué, un gato. Yo a lo mío. Tuvo que subirse al alfeizar y mirarme a través del cristal para que me fijara en él.

Luego vino el cortejo, tan accidentado como todos los cortejos. Yo corría tras él y le chillaba, le amenazaba con la escoba, si es que a Antonio no le gustan los gatos y a mí no me gustan las discusiones, pero me tenía calada, se subía a la valla de un salto y otra vez se paraba a mirarme con largos ojos de agua. Imperturbables.

A veces maullaba muy flojito, como un bebé.

Un día le puse un platito de leche, ahí morí, pero tenéis que entenderme, tan sola, sin hijos... Lo que provocó eso no quiero ni recordarlo. El día que se coló por la ventana mi matrimonio salió por la puerta. Y a mí, como que me dio igual. Todos me sermoneaban, ¿es que te has vuelto loca? ¿De verdad vas a perder a tu marido por un gato? Sin duda tenían razón, pero ¿cómo puedo yo querer a un hombre que me priva de mi único consuelo?  De repente ya Antonio era otra persona. Despiadado, cruel, sin sentimientos.

Ahora estamos los dos solos y nos entendemos sin palabras. No sé como lo hace, pero me parece que es él el que dirige esta relación.  Cuando Antonio llama al timbre se pone delante de la puerta y maúlla muy flojito y me mira, como diciendo, no le vayas a abrir.

Y yo me siento y el salta a mi regazo.


Y a veces, cuando le acaricio detrás de las orejas y se deja hacer ronroneando, me mira de una forma tan benévola que me entran ganas de bajar la cabeza y esperar a que me acaricie él a mí.  

QUESO



Queso. Groing, groing, huelo a queso. Miro. Un gato. Groing, groing, hay un gato. Ahí está, en medio de la cocina. Ese gato. Es nuevo, antes no estaba, el gato. La estúpida mujer. Ella lo trajo, la estúpida mujer. Puso el queso. En el suelo, junto a la pata de la mesa, queso delicioso. Cerca el gato, tumbado el gato, dormido el gato. Ratón listo, ratón no sale, la estúpida mujer.

Groing, groing, huelo a queso.

Groing. El queso. Queso delicioso. Groing. ¿Correré? Tonto ratón, saldrá el ratón, cogerá el queso, ¿correré? ¿Y el gato? ¿Más rápido, el gato? ¿Despierto, el gato?

Groing, groing. Estúpido gato.

Groing. Quiero queso. Queso, yo quiero queso. Miro, gato dormido. Salgo, corro, gato dormido. Estoy cerca. ¡Gato despierto, gato que abre un ojo!¡Gato que salta!

¡Hi, hi, hi!


¡Estúpido queso!

EL MENTIROSO



Estoy hecho un lío, no sé que voy a hacer, a las mujeres no hay quien las entienda. El caso es que estoy convencido de que no tiene razón, yo solo actué como hace ella siempre. Con la mejor intención. Tampoco es para cabrearse tanto.

 Cuando empezamos a salir yo no me aclaraba. Ella me gusta un montón, está buenísima, y es  alucinante, pero yo no comprendía nada de lo que pasaba por su cabeza. Si le preguntaba “¿Te vienes al cine el sábado, que tengo unas entradas?” Ella me respondía, “Uy, no sé, el sábado lo tengo muy ocupado”, y se reía. Entonces yo, tan normal, sin cabrearme ni nada, le respondía; “No te preocupes, no pasa nada, me voy con un amigo”. Civilizado ¿no? Pues ella iba y se ponía de morros y no me hablaba en una semana. ¿Pues no había dicho que no podía ir? Y al final resultaba que sí que quería ir y yo no me había enterado. Y así una vez, y otra. Yo estaba hecho polvo. Hasta que se lo conté a mi hermano Paco, que es un máquina en eso de ligar, y él se rió y me dijo que no hiciera caso, que las mujeres siempre lo decían todo al revés. Que si te dicen que no pero se están riendo, quiere decir que sí, que sí que quieren. En cambio si están enfadadas y con ojos que echan chispas es mejor mantenerse a distancia. Solo hay que fijarse en la cara que ponen.

Yo soy un tío muy simple, (tonto no, ¿eh?), así que a partir de ahí siempre hice lo contrario de lo que me decía. Por ejemplo, si me decía que no le podía dar un beso; “que no, que aquí no, que nos están mirando”, yo iba y se lo daba de todas maneras, y se ponía tan contenta, y de esa manera estábamos la mar de bien. Y así llevábamos unos seis meses. Todo iba perfecto hasta el otro día, hasta que ella me hizo la pregunta, y a mí me entraron ganas de salir corriendo, porque ahí había lío seguro. Y es que en ese momento no podía ir a buscar a mi hermano. Habíamos estado todo el fin de semana juntos, en su casa, porque sus padres estaban de viaje. Estudiando para el examen de latín, en teoría. El domingo por la noche al despedirnos me dijo muy bajito; “¿Pero tú me quieres?” Y yo me quedé parado y no supe qué decir. Y que no es que no la quiera, que creo yo que sí que la quiero, porque cuando paso unos días sin verla me entra como una angustia y un dolor muy raro en el pecho, parecido a la gripe pero distinto. En serio que me pongo malísimo, pero lo mismo se lo digo y le sienta mal. Así que me quedé callado, y vi que se estaba mosqueando.  Y al final pensé; pues hago lo mismo que hace ella y ya está. Así que le respondí “¿Yo a ti? Por supuesto que no, que no te quiero”. Y me reí.

Lo que hace ella siempre.

Creía que lo había hecho perfecto pero se ve que no, porque me soltó una ostia, incluso me tiró el diccionario de latín a la cabeza (la muy burra), y cerró la puerta de un portazo y ahora no hay manera de que me coja el teléfono. Ni lee los whatsapp ni el Facebook, ni nada de nada. Tengo un agobio que no veas.

Le he preguntado a Paco y me ha dicho que lo que tengo que hacer es escribirle una carta de amor, muy cursi, diciéndole que la quiero y todo eso. Que a las mujeres eso les encanta. ¿Pero no me dijo que hay que hacer siempre lo contrario? Tendré que decirle que no la quiero, ¿no?

Paco se ha reído de mí y me ha dicho que no tengo arreglo, que mejor que me cuelgue de un árbol y que le deje en paz. Y se ha ido y me ha dejado aquí tirado.

¿Y yo ahora que hago? ¿Le digo que la quiero o le digo que no la quiero?

Por favor, dime qué hago.

NOTA: Si me ayudas te regalo un antifaz del zorro.

Vera, 15 de marzo de 2017


martes, 15 de diciembre de 2015

CUATRO PARADAS



Mira Luis, que ya sé yo que esta no es la mejor manera de hacer las cosas. Que nosotros somos gente de bien, que en nuestra familia nunca se ha visto cosa parecida. Pero los tiempos cambian. Hoy en día todo eso, ─el coche, las flores─, vale un dineral. Y tú sabes mejor que nadie en qué posición me has dejado.

Y que, total,  desde casa son sólo cuatro paradas.

Si es que no merece la pena, Luis.

Reconoce que tengo razón.

Así que ponte derechito y disimula. Y no me digas que estás muerto porque no es excusa. 


Vera, 8 de Noviembre de 2015



NOTA: Tercer premio del concurso convocado por Metro de Málaga y Taller de Escritura Paréntesis  "Un metro en Cien Palabras", 

lunes, 11 de mayo de 2015

EL RETIRO





Las ocho y media, ya es la hora. Las nueve menos veinte. Las nueve menos diez. Menos cinco. En punto. Las nueve y cinco.


Parece que hoy tampoco va a venir.


Un manto de nubes negras cubre el cielo de Madrid. Tal vez llueva. Se levanta aire, y hay un remolino de hojas secas en las aceras de la ciudad.


La vida sigue. Yo continúo en mi sitio, bajo el magnolio.  Fuerzo una sonrisa, compongo el gesto y me mantengo inmóvil; la chistera algo torcida, los pies cruzados, la mano derecha apoyada ligeramente en el bastón. Mi bigote y mis lentes son perfectos. Es verdad que hasta dentro de una hora o dos no espero público, los turistas no madrugan tanto, pero no importa; uno es un profesional.


Desde la altura de mi cajón, blancos como la nieve mi rostro y mis ropas y sin mover un músculo, controlo la acera de enfrente y la entrada del banco donde trabaja. O  al menos trabajaba en él hasta hace poco, no sé que habrá pasado.  Ella es el único motivo por el que madrugo tanto, ninguno de mis compañeros aparece hasta pasadas las diez de la mañana, y menos ahora que está entrando el otoño y empieza a hacer frío.


Mi linda princesa rubia, ¿Dónde te habrás metido?


Ella siempre se paraba unos minutos delante de mí antes de entrar a trabajar y me echaba una moneda en el platillo, sonriendo. Incluso cuando llovía o hacía mucho frío, siempre se paraba unos instantes y me miraba con ojos muy abiertos, muy redondos. Y yo, en su honor, hacía una actuación mucho más larga de lo normal, como si hubiera puesto un billete en vez de sólo unos céntimos, pobre chica. Una vez incluso traje una rosa para dársela. Claro está que era blanca y de papel maché, no podía romper la estética del espectáculo. Me acerqué a ella con andares tambaleantes, como de borracho ─la tarima tiene escalones, está preparada para eso─, me quité el sombrero, hice una cómica reverencia y se la di. Ella se sonrojó, y todos aplaudieron mucho. Ese día la función fue un éxito.


Y es que, no es por presumir, pero soy el mejor Charlot de todo Madrid.


¡Ay! Pero ese fue el último día que la vi. A la hora del almuerzo salió del banco como encogida, con la cabeza gacha, y me pareció que iba llorando. Tan frágil, tan delgada, con su jersey oscuro y el cabello cubriéndole la cara. Juraría que me miró un instante. Debí bajarme y salir corriendo tras ella en ese mismo momento pero me pilló en hora punta. Tenía un grupo de turistas japoneses haciéndome fotos y habían dejado varios billetes en el cestillo. Se ve que allí no tienen crisis.


Recuerdo que pensé; “Le hablaré mañana” Pero al día siguiente no apareció. Ni al otro, ni ninguno más. Ya han pasado diecisiete días y no he vuelto a verla.


Al menos podría pasarse a saludarme, éramos casi amigos, digo yo. Pero debe estar muy triste o quizás vive lejos. O tal vez simplemente le parezco un hombrecillo ridículo.


El platillo tintinea. Justo delante hay un niño con flequillo de la mano de una señora gorda. Me giro para comenzar la actuación y en ese momento ¡la veo! Es ella, no hay duda, aunque apenas se la adivina detrás de un taxi.


Esta vez no se me puede escapar. Bajo del cajón de un salto, cruzo como loco entre los coches ─que pitan todos a la vez, armando un estruendo infernal─ atravieso los grupos de peatones y corro como un desesperado hasta alcanzarla. Cuando al fin estoy frente a ella, sin aliento y sin saber qué decirle, oigo un grito;


─¡Eh, Charlot! ¡Que te he echado un euro!


Es el niño del flequillo, que me llama enfadado y no lo culpo. La madre no dice nada, pero me mira con los brazos en jarras. ¡Ay, Dios! No puedo fallarles, yo soy un profesional. Comienzo mi número, sin perder de vista a la chica. Para que no se me escape la incluyo en la actuación. Primero la saludo quitándome la chistera. Luego bailo claqué hasta que se me enredan las piernas y acabo desmayándome a sus pies. Comienza a chispear pero nadie se va. Ella está tan asombrada que no reacciona y resulta muy natural, todo el mundo cree que es una actriz. ¡Vaya éxito! Hemos congregado a un buen número de paseantes a nuestro alrededor y todos aplauden entusiasmados. También el niño y la señora gorda.


Cuando por fin termino y nos quedamos solos me acerco a ella. Le hago una reverencia exagerada y le ofrezco el contenido de la recaudación. “¡Oh, vamos!” exclama ella, y se ríe, y me coge del brazo. Decidimos gastarnos el dinero en unas cervezas para celebrarlo.


Caminando a su lado mi cerebro bulle, no para, estoy flotando en una nube rosa. Al menos mido diez centímetros más que ayer y soy mucho más guapo. Imagino nuevas actuaciones, con dos personajes, después de todo ella está en paro, ¿no? Sueño con otros países, con otro público más risueño. Más rico, menos triste. No paro de hablar y de hacer proyectos y ella me mira de reojo y sonríe todo el rato, aunque no dice apenas nada. Las nubes se separan y el sol quiere asomarse.


Ya no me siento patético, de nuevo soy un prometedor actor en paro, lleno de ideas, que se gana la vida como puede. Soy joven, estoy enamorado.


En la tasca, al fin, mientras estudiamos la pizarra, me armo de valor y le hago una pregunta que me parece bastante importante;


- Oye, ¿te gusta la comida japonesa?




Vera, 30 de Octubre de 2011
Pilar Candau Chacón